El convento de las Madres Agustinas Recoletas

Autora: Mª Isabel Meana Herrero

Porfolio de las fiestas de El Carmen 2004

Decía julio Cortázar “después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente hacía atrás”. En mi caso cambiaría “desesperadamente” por “agradablemente” ya que los primeros recuerdos de mi vida están relacionados con este convento de las Madres Agustinas Recoletas de Somió y cada vez que paso por la plazoleta Y miro el edificio me trasporto a mi infancia. Hablo de los años 60, cuando de la mano de mi madre acudía diariamente a ver a unos niños que a través de una reja jugaban en un jardín a la hora del recreo. Lo hacían en corro y a mí me fascinaba tanto colorido de mandiles y de lazos. Los observaba atentamente unos minutos y luego volvía a casa tarareando las canciones que acababa de escuchar: “Cantinerita, niña bonita, si yo pudiera lograr tu amor…” y “el conejo no está aquí, se ha marchado esta mañana y a la tarde va a venir…”

Hasta que un día mi madre decidió que ya era hora de participar. Nunca olvidaré ese día. Entré fácilmente en el jardín pero cuando llegó la hora de entrar en clase la cosa se complicó. Aún recuerdo mis botas rojas, una a cada lado de la estrecha puerta que el edificio tiene a la izquierda, impidiendo mi entrada. Resistí todo lo que pude pero no por mucho tiempo. Una monja joven pudo más y me alzó como una pluma. Lloré y me pasé todo el tiempo mirando a la puerta. Llevaba cuatro años sin separarme de mi madre y no estaba dispuesta a renunciar a ella. Afortunadamente ahora estas situaciones no existen pero antes el primer día de colegio era un auténtico drama y mucho más para mí, con esas mujeres que no conocía vestidas de negro incluso por la cabeza.

Mi madre me hizo un uniforme negro, plisado, con cinturón y un cuello muy duro con polea. Luego las monjitas me regalaron una medalla del Papa Juan XXIII que aún conservo. Así empezó mi vida escolar, rodeada de niños que cantaban mucho y unas monjitas muy cariñosas y pacientes.

Nos enseñaron a leer, a escribir y la tabla de multiplicar que repetíamos tardes enteras con esa cantinela tan pegadiza. Eran muy exigentes en cuanto a caligrafía y limpieza de los trabajos. Por las tardes dormíamos la siesta recostados en los anchos pupitres de madera que teníamos, después de guardar las cosas en su interior. Después hacíamos costura con una monja muy jovencita que nos enseñaba a hacer cerezas a punto de cruz. Teníamos oraciones al entrar, al mediodía (el Ángelus) y al salir. Casi siempre rezábamos a la Virgen maría y en el mes de mayo con mayor intensidad. Pusieron un altar y los niños llevábamos flores y cantábamos “con flores a María, que madre nuestra es…”

Las tres navidades que viví con ellas tenían un objetivo para nosotros muy interesante y era la construcción de El Belén. Era mucho más grande que el que teníamos en casa y todos aportábamos figuritas para que fuese aún mayor. Cuando nos portábamos bien nos obsequiaban con los recortes de las formas que ellas mismas elaboraban. Era algo delicioso y siempre andábamos detrás de esa persona grande y bonachona, que era el padre José, para ver si él nos daba algún recorte más. Lo recuerdo con mucho cariño, sobretodo su risa. Y entre esos momentos intensos que tengo en mi memoria está el de su funeral. Vino muchísima gente, y allí estábamos los niños, con nuestros uniformes. Por mi parte fue el primer funeral de mi vida.

Al año siguiente de entrar yo, lo hizo mi hermano Alejandro después de estar también unas semanas observándonos desde fuera. Pero la cosa no fue igual. No era tan dócil y recuerdo que era una clase en la que la Madre Agustina intentaba enseñarnos la hora, mi hermano rompió el reloj de cartón que tenía y a continuación se escapó de la clase. Salimos todos  corriendo detrás de él hacía la plazoleta de Vilamanín (afortunadamente apenas había trafico) y dimos una vuelta completa. Pasamos delante de EL Llar, de la huerta de Pipi, de la tienda de ultramarinos de Joaquina, de la farmacia, de Casa Jorge y de la fuente de Villamanín y al final lo pillamos frente a cas Casimira, frente a la tienda de Oliva.

Hizo varias trastadas más, pero la que más agradecimos fue que rompiera una larga regla de madera con la que a veces nos pegaban en la palma de la mano cuando ya no podían más con nosotros.

Fuimos muchos los niños que pasamos por el colegio de las Madres Agustinas. Recuerdo a Mª José del Campo y su hermano, a Begoña Amado, a las hermanas Galvao, a los hermanos Rafael y Monchu Baldó, a María Muñiz Galarza, a Mª Paz Álvarez y a los también hermanos Rosario, Alejo y Agustín de LA GUIA.

Acabaré citando a Jaime Morán aunque son muchos lo que me quedan en el tintero. Todos ellos tendrán muchos más recuerdos y les animo desde aquí a que los expongan si lo desean ya que son nuestras primeras vivencias y eso siempre queda.

Gracias a las Madres Agustinas Recoletas por haber comprado en el año 1940 la quinta, en ruinas, del obispo de la Diócesis, por haberla reconstruido formando un convento y por formar parte de la vida de Somió durante todos estos años dando clase a este grupo de niños y otros tantos que seguro no las olvidan.

Cuando hice la comunión dejé el colegio y continúe en el “Blanca Nieves”.

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