Fuente: El Comercio
Autor: Rafael Suárez-Muñiz
Torre Florida y La Riega. En las décadas 1950 y 1960 hubo dos proyectores portátiles de 16 mm que sirvieron para paliar la falta de salas de proyección en la parroquia
Desde estas páginas hemos hablado largo y tendido de un tema tan precioso como los cines, un fenómeno social y arquitectural que nunca caerá en el olvido de generaciones y generaciones de gijoneses; pero siempre se ha puesto el foco en los más conocidos, en los del centro urbano y algunos de los barrios periféricos, ¿por qué? Pues porque eran los más comerciales y formaban parte de circuitos empresariales como Fernández-Arango.
¿Pero si les dijera que en varias parroquias gijonesas hubo cine y hubo cines? De hecho, a algunas llegó un proyector portátil que se prestaban las sucursales de la asociación Cultura e Higiene. Lo más curioso es que, con el objetivo de ofrecer una programación cinematográfica para los chiquillos de Somió, dos hombres clave como Bonifacio Lorenzo Somonte e Ismael Figaredo tomaron la decisión de emprender algo muy curioso como fue proyectar cine en sus respectivos palacetes, en Torre Florida y en La Riega.
Estas dos construcciones, proyectadas respectivamente por Pedro Cabello (1945) y Manuel del Busto en la carretera del Piles al Infanzón, se convirtieron en cines privados. Siendo más exactos y fieles a la verdad, no proyectaban cine para todos los niños de la parroquia sino que iba dirigido a los amigos de sus hijos.
Cierre del Salón Novedades
La bonhomía de Bonifacio Lorenzo y su grandísima afición al cine, en unos momentos en que ya no había cines en Somió por el cierre del Salón Novedades –junto a Casa Espicha–, le llevó a acondicionar el sótano de su casa en 1952 tras adquirir un proyector de 16 mm con el que también acudía a proyectar cine al colegio de las Dominicas y al asilo de niñas huérfanas de Santa Laureana, ambos gestionados por monjas.
Como todavía prevalecía la autarquía económica: se nutría de películas de la empresa Castle Films que, además, no eran inflamables. Fue uno de los principales receptores y distribuidores de películas procedentes de las embajadas. Recibía películas de las embajadas de Suecia, Países Bajos, Reino Unido, Estados Unidos y, más tarde, Alemania (RFA); las mayoría venían dobladas y eran en color.
Ese primer año funcionó como un cine familiar para amigos y allegados, pero en 1953 se abrió al disfrute de todos los vecinos de Somió y fue trayendo películas alquiladas y reestrenos. Tuvo muchísimo éxito porque así no tenían que excursionar hasta el centro urbano de Gijón y las películas las anunciaba en el tablón de anuncios de la iglesia de San Julián. Las sesiones tenían lugar de septiembre a junio los sábados y domingos por la tarde. Tenía butacas para un aforo de 40 personas y en 1986 dejó de proyectar cine.
Domingos por la tarde
Lo mismo hizo Ismael Figaredo desde la década de 1950 hasta 1964, los domingos por la tarde, para sus allegados. Por sorprendente que parezca en comparación con el momento actual: el salón principal de La Riega se convertía en un cine particular gracias a la tenencia de un proyector portátil de 16 mm con el que alegraba las tardes dominicales a sus familiares y amigos, unas 20 personas por sesión aproximadamente.
Estaba inscrito en una distribuidora y cada semana recibía una película distinta que enriquecía con una proyección previa de documentales que tenían una duración aproximada de 15 minutos sobre temas como la invasión de Rusia o la Alemania de la Segunda Guerra Mundial.



